El Desengaño.
(Ref: El Criticón, Baltasar Gracián.)
No es extraño que estemos desengañados, tiempo atrás nos habían prometido que llegados a este momento viviríamos en el más feliz de los mundos, colmados de avances tecnológicos de todo tipo que nos proporcionarían una existencia de lo más feliz, pero resultó que todas esas cosas a lo sumo llegaron a mantenernos contentos y como regla general simplemente a tenernos entretenidos.
Todo se apoyaba en que se creyó, sin prestar mucha atención, en aquello que decían los ilustrados, Rousseau: "El hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte", a partir de ahí, surgieron las ideologías idealistas que creyeron haber encontrado la piedra filosofal en lo que simplemente era el pensamiento Alicia que definió el filósofo Gustavo Bueno, pensamiento ingenuo e infantil.
La realidad ha sido otra. La naturaleza, esencia y condición humanas son las que son y determinan al hombre tal y como es, y eso no lo podrá cambiar nunca ninguna ingeniería social, salvo en el caso extremo que el hombre deje de ser lo que es, eso es, que deje de ser humano.
Los conflictos humanos de ahora son iguales a los de hace 25 siglos, cambian los nombres y el attrezzo pero nada más, cambian los nombres de las Antígonas, las Electras o los Edipos que les puso Sófocles a esos conflictos, por otros nombres actuales, pero son en el fondo los mismos conflictos humanos, en cuanto a las guerras igual, cambian las herramientas con las que se hacen pero los motivos por las que se hacen son los mismos.
¿Cómo no vamos a estar decepcionados?
Vemos conflictos e injusticias allá donde miremos.
Las sociedades, en lugar de siquiera mantenerse, las vemos degradarse, estamos viendo como se han degradado la convivencia con la polarización, cómo se ha degradado la seguridad, vemos precariedad laboral, de la vivienda, de los servicios, de las infraestructuras y hasta de lo existencial.
Nos hemos dado cuenta de sopetón que las sirenas no son unos bellos pececitos de la Disney, de enormes ojos azules y que aletean coquetas sus pestañas y cantaban bonitas canciones que enamoran, sino que son las verdaderas, aquellas con las que se enfrentó Odiseo, unos pajarracos inmundos que olían mal y que sus melodías no te enamoraban sino te extraviaban y te hacían naufragar.
Pero hay otra manera de afrontar el desengaño, la que propone Baltasar Gracián en su novela alegórica El Criticón, una de las obras más importantes de nuestras letras al nivel de La Celestina o el mismísimo Quijote.
No, el desengaño no es sinónimo de decepción, resignación amarga o nihilismo pasivo, el desengañado no es quien ha perdido la fe en el mundo, sino quien ha aprendido a ver el mundo con realismo crítico, y aún así, ha decidido actuar con decisión, con inteligencia práctica y sin menoscabo de su dignidad.




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